Texte de Javier Cercas

Énoncé

El mendigo que leía
« París es la única ciudad del mundo donde leen hasta los mendigos. O eso es al menos lo que pensé la mañana de un lunes de principios de otoño, cuando llegué a la ciudad para pasar allí una semana y vi a un mendigo leyendo en la esquina de la rue Saint-Jacques et la rue des Écoles. Como si hubiera querido infligirme un sarcasmo con el que bajarme los humos(1), mi editor francés me había instalado en el Hôtel des Grands Hommes, en la plaza del Panteón, y cada día caminaba hasta la rue Seguier […]. El mendigo estaba ovillado(2) en un cartón, apoyado en la pared y con las piernas envueltas en una manta; tenía el pelo largo y gris, una gran barba gris, una edad indefinida, y parecía que llevase siglos sentado en esa misma esquina. El primer día que lo vi leía un libre de tapas(3) infames, y al pasar frente a él traté de leer el título, a punto estuve de detenerme, pero no me atreví y me limité a seguir mi camino pensando, feliz y exagerado, que París es la única ciudad del mundo donde hasta los mendigos leen. A la mañana siguiente volví a pasar frente al mendigo. Leía el mismo libro u otro; me paré frente a él y, mientras sacaba una moneda del bolsillo y la arrojaba al bote de latón que había en el suelo, miré el título: leía la palabra perro, la palabra Dios, la palabra negro, pero no alcancé a entender el título, y pensé que se trataba del título de una novela policíaca. Por lo demás, creo que me molestó que ni siquiera levantara la cabeza para agradecerme el dinero que acababa de darle. Esa tarde un amigo me acompañó al hotel; caminábamos enfrascados en la conversación y, al pasar por la rue Saint-Jacques, nos distrajo un ruido; miramos: el mendigo me estaba mirando mientras sostenía en la mano el bote de latón.(4) Entre la confusión del pelo distinguí una boca sumida, de viejo, y unos ojos intensos, de joven, y pensé que no era mucho mayor que yo. Sonriendo, le pregunté con mala idea si recordaba que aquella misma mañana le había dado una moneda. Fue entonces cuando oí por primera vez su voz. «Señor», dijo con humillante dignidad. «En mi oficio no hay que tener memoria». A la mañana siguiente […] en una entrevista dije que el oficio de escritor es exactamente lo contrario del oficio de mendigo, y, cuando un periodista me preguntó cómo podía convencer a los jóvenes de la importancia de la lectura, a punto estuve de hablar del mendigo, pero sólo dije: «No se puede». […] El jueves no pude evitar la rue Saint-Jacques y cuando pasaba frente al mendigo, haciéndome el distraído (o quizá el ofendido), le oí hablar. Me detuve; le pregunté si se dirigía a mí. «Si», dijo, blandiendo(5) un recorte de periódico. «Aquí hay un artículo que habla de usted». Desconcertado, cogí el recorte y me marché sin darle las gracias, pero esa tarde pedí a mi editorial un ejemplar del libro del que había venido a hablar a París y se lo di sin explicaciones. En los días que siguieron continué pasando frente al mendigo: dejaba una moneda en el bote de latón, hablábamos un momento del tiempo o de la gente que pasaba, me abstenía de intentar averiguar el título del libro que leía. Un día me compré una cámara fotográfíca y le pedí que me hiciera unas fotos; accedió, y también accedió a que le hiciera unas fotos a él, pero, aunque intenté arrancarle una sonrisa y entablar algo parecido a una conversación, lo único que conseguí fueron un par de comentarios despectivos sobre la cámara. La noche anterior a mi partida de París […] harto de dar vueltas entre las sábanas, me levanté, me vestí, salí del hotel, crucé la plaza del Panteón y bajé la rue Saint-Jacques. Allí estaba el mendigo, en su esquina de siempre, arrebujado(6) en su manta. Me detuve un momento, y debió de notar mi presencia o de asustarse, porque se incorporó de golpe. Pensé que me había reconocido, e iba a marcharme cuando oí: «¿Quiere sentarse?» Me senté a su lado, contra la pared. Le ofrecí un cigarrillo y fumamos en silencio, mirando pasar los coches. Para romper el silencio le dije que al día siguiente me marchaba de París; murmuró algo, que no entendí, y luego dijo: «Aún no he leído su libro. ¿Es bueno?». «No» dije. «No lo sé». Como sabía que su oficio le impedía tener memoria, ni siquiera se me pasó por la cabeza preguntarle por qué vivía allí, en aquella esquina, ni si tenía familia, mujer o hijos, así que permanecí en silencio; él también permaneció en silencio. Pasaban coches, pasaba gente en bicicleta, pasaba gente caminando; empecé a sentir frío. «¿Por qué llora?», preguntó en algún momento. «No lloro», contesté. «¿Por qué miente?» preguntó. «No miento», contesté. Seguimos fumando sin hablar; al cabo de un rato me marché. Y hace unos días, cuando revelé las fotos de mi semana en París, mi hijo se quedó mirando fijamente las que había tomado al mendigo. «¿Te has fijado ?», me dijo por fin, riéndose. «Se parece a ti». »
Javier Cercas, El País Semanal 22 X 06

I. Compréhension du texte
1. ¿Quién es el narrador, con quién se encontró y qué hacía en París?
2. Cuando vio por primera vez al mendigo, el narrador:
  • le dio una moneda de dos euros.
  • le preguntó cómo se llamaba.
  • trató de saber qué libro leía.
  • se detuvo ante él.
Elige la respuesta correcta citando la frase del texto que la justifica.
3. Apunta los elementos que revelan el cambio de actitud del narrador cuando volvió a ver al mendigo el segundo día.
4. El mendigo llama la atención del narrador.
  • haciéndose el distraído.
  • enseñándole un recorte de periódico.
  • reprochándole su tacañería.
  • dándole las gracias.
Elige la respuesta correcta citando la fórmula del texto que la justifica.
5. Apunta los elementos del texto que revelan la evolución de las relaciones entre los dos hombres al final del texto.
II. Expression personnelle
1. Imagina y redacta el diálogo entre el narrador y su hijo al mirar la foto que había tomado el mendigo. (15 líneas como mínimo)
2. Según el narrador no se puede convencer a los jóvenes de la importancia de la lectura. ¿Compartes esta opinión? Justifica tu respuesta con ejemplos sacados de tu experiencia personal. (15 líneas como mínimo)
III. Traduction
Traduire de «Como si hubiera…» à «…los mendigos leen.»
(1)Bajarme los humos : me remettre à ma place.
(2)Ovillado : recroquevillé.
(3)La tapa del libro : la page de couverture du livre.
(4)El bote de latón : la boîte de conserve.
(5)Blandir : brandir.
(6)Arrebujado : emmitouflé.

Corrigé

I. Compréhension du texte
1. El narrador es un escritor: he aquí las palabras que lo muestran «mi editor francés». Estaba en París porque tenía que hacer «una entrevista». Un día se encontró con un mendigo y se quedó atónito al ver que estaba leyendo un libro. Para él, era algo insólito. Se acercó a él por curiosidad pero no se atrevió a entablar una conversación.
2. Cuando vio por primera vez al mendigo, el narrador trató de saber qué libro leía «al pasar frente a él traté de leer el título».
3. Cuando volvió a ver al mendigo el segundo día, el narrador cambió de actitud. Esta vez se detuvo «me paré frente a él» y le dio un poco de dinero «sacaba una moneda del bolsillo y la arrojaba al bote de latón que había en el suelo». Como era curioso por naturaleza, intentó enterarse de lo que leía pero no lo consiguió, sólo pudo leer algunas palabras que no tenían sentido «leí la palabra perro, la palabra Dios, la palabra negro, pero no alcancé a entender el título».
4. El mendigo llama la atención del narrador enseñándole un recorte de periódico. La fórmula del texto que lo justifica es «blandiendo un recorte de periódico».
5. Varios elementos ponen de relieve la evolución de las relaciones entre los dos hombres. Como lo hemos comprobado a lo largo del texto, el mendigo llamó la atención del narrador. Por lo tanto, pasó varias veces a su lado y una mañana, el mendigo le reconoció en un artículo sacado de un periódico y lo interpeló «Aquí hay un artículo que habla de usted». Fue por la tarde de este mismo día cuando el narrador volvió a verle y le regaló el libro que acababa de promover «pedí a mi editorial un ejemplar del libro del que había venido a hablar a París y se lo di sin explicaciones». A partir de este momento, se pasaron momentitos charlando de cosas sin importancia «hablábamos un momento del tiempo o de la gente que pasaba». Pero el mendigo nunca se confió y tampoco sonrió «intenté arrancarle una sonrisa y entablar algo parecido a una conversación, lo único que conseguí fueron un par de comentarios despectivos sobre la cámara». Ambos compartieron momentos agradables «fumamos en silencio, mirando pasar los coches» dirigiéndose muy pocas palabras porque eran inútiles. Resulta claro que los dos hombres sacaron provecho de estos momentos. El narrador descubrió otro universo. Fue para él una experiencia inolvidable. La inmortalizó sacando fotografías del mendigo «cuando revelé las fotos de mi semana en París, mi hijo se quedó mirando fijamente las que había tomado al mendigo».
II. Expression personnelle
1. Unos días después, el narrador enseñó las fotos de su viaje a su hijo.
–Oye, papá, este hombre se parece a ti.
–¡A ver! ¡Qué disparate!
–Pues sí, mira. Está muy mal afeitado, es de pelo largo y tiene unos ojos del mismo color que los tuyos. ¿Quién es?
–Es una persona rara pero fabulosa. Encontré a este hombre en la calle y lo que me sorprendió es que estaba leyendo. Él, no se pasaba las horas pidiendo limosna.
–¿Por qué le sacaste una foto?
–Pues porque no quiero olvidarle. Resulta que gracias a él, mi estancia no fue aburrida. Le acosaba el hambre pero nunca se quejó. Leía los libros pero nunca hizo comentarios. Yo pienso que es una persona muy inteligente.
–¿Le ayudaste?
–Le di unas monedas para que pudiera sobrevivir pero sorprendentemente nunca me lo agradeció. Pero da igual.
–¿Por qué estaba en la calle?
–No lo sé hijo. Era una pregunta indiscreta. Y no me atreví a preguntárselo.
–Te siento conmovido.
–Es verdad. Nunca le olvidaré.
El hijo se acercó a su padre y le abrazó con cariño.
2. Según el narrador no se puede convencer a los jóvenes de la importancia de la lectura.
Hoy en día, es evidente que los jóvenes no tienen una propensión irreprimible para la lectura pero no creo que sea imposible convencerles de la necesidad de leer una novela, artículos de periódicos, ensayos o poesías.
Opino que es necesario insistir y estimular la curiosidad de los jóvenes. Por ejemplo, las novelas de J.K Rowlings «Harry Potter» tuvieron mucho éxito porque tratan de un tema que apasiona a los jóvenes. Para entrar en este mundo de magia, muchos leyeron las aventuras del protagonista principal sin que nadie les forzara a hacerlo. Es una lectura lúdica y pedagógica. Para mi hermano, fue la primera vez que leía un libro en su totalidad. Para él, fue una buena experiencia y ahora lee con más gusto. A los jóvenes les encanta leer este tipo de historias porque para ellos es una oportunidad para evadirse del mundo en el que viven. Pasa lo mismo con «Twilight», película adaptada de una novela que trata de vámpiros.
En cambio, es a veces difícil convencer a otros jóvenes de la importancia de la lectura porque para ellos es mejor divertirse jugando al fútbol o a la playstation que leer algo aburrido. La lectura no les cautiva, no les interesa en absoluto. Conozco al hijo de una amiga que se contenta con leer el resumen de un libro cuando tiene que presentarlo a sus compañeros de clase. No le gusta leer y considera que es una pérdida de tiempo.
Para concluir, diré que a veces sí se puede convencer a los jóvenes de la importancia de la lectura y otras veces no. Depende de la personalidad de cada uno y de sus centros de interés.
III. Traduction
Comme s'il avait voulu m'infliger un soufflet afin de me remettre à ma place, mon éditeur français m'avait installé à l'hôtel des Grands Hommes, sur la place du Panthéon, et chaque jour je marchais jusqu'à la rue Seguier […]. Le mendiant était recroquevillé dans un carton, appuyé contre le mur et les jambes enroulées dans une couverture ; il avait les cheveux longs et gris, une grande barbe grise, était d'un âge indéfini et semblait être assis à ce même coin de rue depuis des siècles. Le premier jour où je l'ai vu, il lisait la couverture d'un livre infâme, et en passant devant lui, j'essayai de lire le titre, je fus sur le point de m'arrêter, mais je n'osai pas et je me contentai de suivre mon chemin en pensant, heureux et excessif, que Paris est la seule ville au monde où même les mendiants lisent.